Cristina Cravino, una antropóloga que acaba de finalizar una investigación sobre la Villa 31, aseguró a lanacion.com que estas viviendas representan una forma de acceso a la ciudad cada vez más importante; la demanda disparó los precios de ese mercado inmobiliario

Las villas son espacios estigmatizados sobre los que los porteños tienen la imagen de un “show mediático de la pobreza” y la inseguridad. Así describe Cristina Cravino, antropóloga de la Universidad Nacional de General Sarmiento, la percepción mayoritaria que existe sobre estos barrios.
Sin embargo, la investigadora, que dedicó su último trabajo a la villa 31, dice que en lo que nunca se piensa es que estos barrios poseen una fuerte dinámica urbana, en la que intervienen desde dentistas hasta peluqueras y que sus habitantes funcionan en una fuerte red social de pertenencia.
Hoy se calcula que hay 200.000 personas viviendo en las villas porteñas. Las estimaciones poblacionales, no oficiales, coinciden en que en cada período censal se duplica el número de vecinos que habitan en viviendas informales, tal como la investigadora prefiere definir estos asentamientos en la ciudad de Buenos Aires.
“La informalidad se convirtió en un canal de acceso a la ciudad cada vez más importante que, en Buenos Aires, crece cada vez con más fuerza”, sostuvo Cravino en diálogo con lanacion.com .
Ese desarrollo tiene distintos motivos. El rápido crecimiento vegetativo, tal como definen los expertos al número que resulta de restar el total de las personas nacidas de las fallecidas de una población, es uno de ellos, según la experta, donde la aparición de las nuevas generaciones se da con ciclos más cortos de los que tienen lugar en los barrios de clase media.
Migraciones. Las redes migratorias también aportan al crecimiento de estos barrios. El movimiento se da desde los países limítrofes, donde “a diferencia de lo que sucedía años atrás, llega gente con estudios universitarios, incluso algunos que son propietarios en sus países”, indicó Cravino. Y también, desde el interior del país, con migrantes rurales desocupados “como consecuencia del desplazamiento que la soja” hizo de otros cultivos locales que demandaban mano de obra intensiva.
El descenso social impulsa otro traslado a las villas, esta vez, dentro de la misma ciudad. “Eran colectiveros, camioneros, empleados gastronómicos o pequeños comerciantes que por un tiempo viven de prestado con parientes hasta que la situación se les hace insostenible. Es a quienes más les cuesta llegar a las villas pero quienes después terminan convirtiéndose en dirigentes barriales”, explicó Cravino.
En todos los casos, les resulta imposible acceder a un alquiler en el mercado formal, señaló la antropóloga. “Mientras que la oferta por un departamento de un ambiente no baja de los $1000, en la villa hoy se pide, a pesar de que los precios son disímiles, entre $400 y $600 por mes, sin los requisitos exigidos por las inmobiliarias,” precisó.
Y continuó: “A su vez, como hay mayor presión para vivir en las villas los precios aumentaron muchísimo respecto a pocos años atrás. Así en 2005, en la 1-11-14 no superaban los $60″.
En ese sentido, la antropóloga se mostró preocupada por una situación que está contemplada en el artículo 31 de la constitución porteña, “donde se reconoce el derecho a una vivienda digna y a un hábitat adecuado, es decir, a la radicación de las villas en la ciudad.”
Cravino denunció que existe un deterioro en la situación de estos barrios porque, según señaló, “el Estado no está interviniendo” en ese espacio. Por eso, concluyó: “La tendencia es a que siga creciendo, no hay ninguna señal de lo contrario. Es que el acceso de los sectores populares al mercado formal [de la vivienda] está cada vez más lejos”.
Fuente: La Nación